TEMA DE ANÁLISIS

Incrementar la inversión requiere de un nuevo marco de incentivos

La inversión es la variable fundamental para asegurar un crecimiento sostenido a lo largo del tiempo. En el caso de Uruguay, entre los años 2008 y 2014 la inversión alcanzó niveles elevados.

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La obras prevén que comiencen una vez terminada la feria de la construcción. Foto: A. Colmegna

Sin embargo, a partir del último año debido al cambio en el contexto internacional, pero también por factores internos, la tasa de inversión se redujo significativamente. Ello explica en parte el estancamiento por el que atraviesa la actividad económica en estos momentos.

De todas formas y pese a los cambios en el contexto internacional, el nuevo escenario ofrece oportunidades para la inversión.

Pero, ello depende de la eliminación de los obstáculos que frenan la concreción de proyectos, fundamentalmente en infraestructura.

Históricamente los niveles de inversión de la economía uruguaya no fueron de los más elevados de la región. En promedio entre el año 1988 y el año 2007 la inversión se situó aproximadamente en el equivalente al 16% del Producto Interno Bruto (PIB).

También es cierto que la población es la que menos crece, por lo que si se analizaba la evolución de la inversión per cápita, Uruguay no quedaba tan mal parado en una comparación regional. Pero, en todo caso eran niveles consistentes con un crecimiento potencial del PIB del 3% anual.

A partir del año 2008 la inversión se incrementó sustancialmente, promediando un 20% del PIB. Dicho nivel permite elevar el crecimiento potencial de la economía al 4% anual.

Varios fueron los factores que incidieron en el incremento de la inversión. En primer lugar, un contexto internacional favorable a la inversión en el campo real. Financiamiento abundante a tasas históricamente bajas, tornaron atractivos muchos proyectos.

Agreguemos a ello una política doméstica de captación de inversiones vía incentivos tributarios, que hicieron de Uruguay un destino atractivo para las inversiones, en particular las provenientes desde el exterior. Los flujos de inversión extranjera directa (IED) así lo atestiguan. Hacia el año 2011 el país captó fondos por el equivalente al 6% del PIB.

Más allá de incentivos puntuales, en economía los movimientos y los cambios de tendencia responden a los fundamentos. Y en esos años de fuerte crecimiento de la inversión, el país ofreció a los inversores oportunidades reales muy importantes.

En primer lugar un valor de los activos atractivo para ingresar a cualquier negocio. Saliendo de una profunda crisis como la que afectó al país a comienzos de siglo, los valores estaban deprimidos y las expectativas de incremento eran ciertas.

Agreguemos a ellos el incremento en el precio de los commodities que posibilitó el desarrollo de nuevas actividades, fundamentalmente en el agro. Y por último políticas de incentivo a la instalación de parques eólicos, que tornaron muy atractiva la inversión en energías renovables.

Si se analiza el destino de la IED se constata que estos sectores, junto a la instalación de las plantas de celulosa explican más del 60% de los flujos.

Pero hacia el año 2015 se comienza a observar un freno en la IED que continúa hasta nuestros días. Los últimos datos a junio del presente año indican que se situó en el 2,3% del PIB.

En valores absolutos, en el último año móvil ingresaron al país inversiones por US$ 1.175 millones, valor sensiblemente inferior a los US$ 3.027 millones registrados durante el año 2013.

Si bien no hay información discriminada por destino en el último año, se puede presumir que se redujo sustancialmente la inversión inmobiliaria, finalizó la construcción de la segunda planta de celulosa y el proceso de instalación de parques eólicos está llegando a su fin.

A su vez, en materia agropecuaria las últimas informaciones señalan un descenso en las compra-ventas de campos.

Detrás de ello está la valorización que experimentaron los activos a lo largo de los últimos años y el descenso en el precio de los commodities que resta rentabilidad a los emprendimientos agropecuarios. Todo lo cual desalienta a la IED.

La inversión no depende solamente de los extranjeros, sino que el grueso responde a las decisiones de los miles de empresarios locales y sus expectativas a futuro.

En tal sentido las expectativas de los empresarios que releva la Cámara de Industrias, tanto sobre la economía como sobre su empresa, se ubica en terreno negativo desde mediados del año 2014.

Ello se ve reflejado en un menor nivel de inversión, tal cual lo muestran los datos de las Cuentas Nacionales. Durante ocho trimestres consecutivos, a partir del segundo trimestre de 2014, cayó la formación bruta de capital fijo a nivel del sector privado. El último dato muestra una recuperación, que habrá que ver si se sostiene en los próximos trimestres.

Si bien los factores que explicaron el fuerte aumento de la inversión en el pasado reciente están agotados o se han revertido, ello no quiere decir que la economía uruguaya no ofrezca alternativas a futuro.

Por el contrario, sí las ofrece, pero en otras áreas por lo que para captarlas requiere de un nuevo marco de incentivos.

El anuncio de la instalación de una tercer planta de celulosa lo refleja en toda su magnitud. Desde el punto de vista productivo y dada la disponibilidad de recursos, el país está en condiciones de captar una nueva mega inversión que transformará la matriz productiva, con derrames muy importantes en todo el entramado productivo.

Pero, para que ello se materialice se exigen fuertes inversiones en infraestructura.

El Estado buscó bajo la modalidad de Participación Público-Privada (PPP) la materialización de estas obras sin resultado hasta la fecha. Se trata de un mecanismo muy engorroso que desalienta a los privados. Tornarlo más ágil y posibilitar la participación de las AFAP es parte de la solución.

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