SISTEMA OPERATIVO

Último llamado para subirse a Windows 10 sin pagar

Dentro de cuatro días termina la oferta para actualizar gratis a la nueva versión del sistema operativo de Microsoft. Pero, ¿vale la pena hacer el?

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Windows 10 se lanza en 190 países; expectativas de Microsoft, su desarrollador, son altas.

Hay tres posibilidades. O no usás Windows. O ya actualizaste a Windows 10. O en medio de la noche te despierta una pesadilla en la que, el 30 de julio, el iconito para actualizar al 10 se burla de vos diciéndote: ¡Te perdiste de recibir gratis un producto que cuesta US$ 160, lero, lero!

El hecho es que hoy quedan, oficialmente, cuatro días para aprovechar esta oferta que Microsoft inició hace un año y que está quizá interesado que aceptes.

En todo caso, la duda entre perderse un regalo de US$ 160 y que ese regalo te deje sin compu es acuciante; sé lo que se siente. En casa hay una sola máquina con Windows (las otras cuatro usan alguna clase de Linux). Armé esa PC, que mantengo mayormente para correr , hace unos cinco  años y le puse un Windows 7. Evité decorosamente el 8 (lo tenía acá en el diario y no me sumaba nada) y desde el 29 de julio de 2015 empezó a mostrar la invitación para actualizar a Windows 10. Y siguió haciéndolo con esa granítica persistencia de las máquinas, transformando el convite en coerción. Dicho sin tanto adorno: me tenía harto.

Ya había hecho el upgrade a Windows 10 en el equipo del diario y había salido todo más o menos bien. Pero la situación en casa era diferente. Imagínense: esa máquina andaba sin la más mínima fisura y tenía años de tuneado. No me preocupaba el backup, que es automático, ¿pero tener que reinstalar todas las aplicaciones? ¿Volver a configurar? Peor todavía: ¿usar alguna clase de asistente para migrar? Dios me libre.

Pero la curiosidad es más fuerte.

Hará tres meses, caí en la cuenta de que hacía mucho que ese Windows 7 no instalaba actualizaciones. Miré el historial y, en efecto, la máquina hacía rato que no recibía updates. Cierto, el soporte principal había caducado más de un año atrás, en enero de 2015. Pero tampoco llegaban actualizaciones de seguridad.

Raro. Y peligroso. Me dirán que estaba buscando una excusa para pasarme al 10, y sí, es cierto, qué puedo decir. Así que le di OK a la dichosa actualización y en más o menos media hora estaba el 10 en ese equipo, sin novedad. Iba a ser un engorro tener que volver a instalar todos los programas, pero al menos ya no tendría que soportar el cartelito coercitivo.

No pasó mucho tiempo antes de que surgieran problemas. Como cada vez que uno instala un nuevo sistema operativo, aproveché para sacar programas que ya no necesitaba, ordenar un poco, ese tipo de cosas.

Nadie espera que quitar un viejo programa accesorio te deje sin máquina. Pero fue exactamente lo que pasó. Sin entrar en detalles, desinstalé un software para monitorear la red y cuando reinicié, adiós, Windows había desaparecido. Así, paf, sin avisar.

En rigor, no había desaparecido, sino que se negaba a arrancar. Con algo de esfuerzo, salí del vado, concedido. Pero, amigos de Microsoft, para una parte significativa de los usuarios una situación de esta clase termina con el show.

Si es un clon, hay que llamar al técnico; si es una máquina de marca, hay que llevar el equipo al service oficial. Te quedás al menos una semana sin tu herramienta de trabajo. No está bueno, para usar el eufemismo de moda.

Como nueva (o casi).

Escena: mi buena y sólida PC, que llevaba unos cinco años encendida día y noche, que nunca se colgaba, que sólo debía reiniciar cada tanto por alguna actualización, había quedado mancada sin remedio tras quitar un programita menor.

Media hora antes andaba como un Stradivarius. Ahora había desaparecido del mapa. No es un equipo de producción, pero esta clase de situaciones te da un toque de bronca, para seguir con los eufemismos.

OK, ¿qué hacer? Una de las nuevas características de Windows 10 es que, igual que un smartphone, es posible restaurar el equipo al estado de fábrica. Con un adicional: es posible optar por conservar los archivos personales.

Como no tenía ni un poquito de ganas de poner el DVD e instalar todo de cero, y sospechaba que, en el fondo, volver al estado de fábrica sería aproximadamente lo mismo, elegí esa opción y luego de un rato tenía el 10 de nuevo en pantalla y mis archivos intactos. Punto para Microsoft. Pero, de todos modos, miré al nuevo Windows de reojo y le dije: ¿Sabés que sos la cosa más frágil que probé en mi vida, no? 

Para ser enteramente justo, lo cierto es que, fuera de este percance, el 10 ha venido portándose desde entonces con digna robustez. No extraño mi Windows 7 y conseguí cuatro años adicionales de soporte (léase, actualizaciones) sin pagar un centavo.
El 10 tiene sus cosas, sin embargo.

Por ejemplo, cuando abro una carpeta con muchos archivos (digamos, más de 50, nada del otro mundo), se queda haciendo algo, ignoro qué, y muestra el disparatado mensaje de Estamos trabajando en ello. Sí, hace 35 años que están trabajando en ello, muchachos. He visto este problema en varias máquinas y es un poco extravagante que a estas alturas no podamos leer el directorio de una unidad local de forma casi instantánea.

Fuera de esto, el 10 me gusta. Ya lo dije . Ahora, ¿vale la pena actualizar?

Ganancias.

Un amigo que, ante el fin inminente de la oferta de Microsoft, me consultó el sábado pasado si debía actualizar, puso el énfasis allí donde, en rigor, importa. Me puso, en el chat: ¿Me voy a perder algo relevante si me quedo en Windows 7? O, dicho de otro modo, ¿gano algo pasándome al 10? Es todo lo que cuenta, porque si lo que conseguís es quedarte sin máquina, por mucho que sea gratis, no parece ser buen negocio.

En primer lugar, y con unos 350 millones de dispositivos usando el nuevo sistema, todo indica que actualizar al 10 no es una misión de alto riesgo. Pero eso importa muy poco si en la ruleta del bit te toca justo a vos la instalación problemática.

Por eso, antes de plantearte si actualizar o no, el primer paso es asegurarte de que el backup está al día y crear un medio de instalación. Es decir, un DVD o un pendrive con Windows 10. 

Si todo sale muy mal, vas a poder intentar reinstalar el sistema con ese DVD o pendrive. En muchos casos, vas a necesitar una clave de activación; las de Windows 7 y 8 sirven. No está de más tener a mano los discos originales de esos Windows previos, por si el 10 tampoco anda desde cero.

Nota no tan al margen. Puede que no te atrevas a proceder con una reinstalación limpia, pero es conveniente saber cuáles serían los pasos que el técnico debería dar: usar la herramienta oficial de Microsoft para descargar y crear un disco o un pendrive de instalación; usar el código de activación del Windows 7 u 8 que tenías en la máquina que estás usando; y por ningún motivo arreglar el entuerto con una copia de Windows sin licencia.

En el peor escenario, vas a volver a tener Windows 7 u 8 recién instalados en tu equipo y sólo vas a haber perdido un poco de tiempo.
Si es una máquina de marca, y especialmente si es una notebook, no es mala idea preguntarle al soporte técnico oficial si ese modelo es compatible con el 10 y, eventualmente, seguir sus instrucciones para el upgrade.

Algo más: una cosa es que el informe de compatibilidad te diga que está todo bien y otra muy diferente que esté todo bien una vez instalado Windows 10. La buena noticia es que tras actualizar hay un mes de gracia para regresar a la versión que tenías previamente instalada. Por eso es importante que una vez que tengas el 10 pruebes todo el hardware y el software que necesitás para trabajar, no sea cosa que te lleves una sorpresa cuando haya pasado ese mes de gracia.

Pero seamos optimistas. Si todo sale bien, que por otro lado es lo más probable, ¿qué es lo que ganás pasando a Windows 10?

Puesto que es imposible anticipar cómo responderá un equipo en particular a esta actualización, mi mejor consejo es ser muy cuidadoso con equipos de producción. Si ese Windows 7 u 8.1 son los que usás para trabajar y no tenés muleto, mi táctica sería así:

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