MARÍTIMAS

A 100 años de los inolvidables “Vapores de la Carrera”

Hubo un tiempo que ir a Buenos Aires era más que hoy hacer un viaje a Europa; la valija era enorme y los parientes iban al puerto, lagrimeaban, agitaban sus pañuelos y se los despedía como un alejamiento indeseado, mezcla de alegría y angustia.

“Ciudad de Montevideo”.
“Ciudad de Montevideo”.

Eran viajes de novios, de negocios o de reencuentro o de parientes. Fuimos testigos de esa época. Tiempos que partir era un poco morir y el viajero tenía una sensación de trascendencia al pisar aquella primitiva y rutinaria planchada que lo llevaría a bordo en una aventura para encontrarse con el Gran Buenos Aires que por cierto lo era y si no había que pararse en Corrientes y Esmeralda y la vista era impresionante, aquello era una avenida impactante, un verdadero río de autos y gente en 1943 que multiplicaba por diez nuestro 18 de Julio y Ejido todo el tiempo. Por lo general el viaje a la vecina orilla era regalo de Bodas del tío o del abuelo y los pudientes iban a Río de Janeiro lo cual era un acontecimiento. Si, les decíamos vapores de la carrera porque desde 1860 los barcos del servicio fluvial de pasajeros eran propulsados con maquinaria a vapor, sean hélices o paletas, pero los nuevos “ciudad” eran motonaves construidas en Inglaterra en 1918 propulsadas a motor diesel, bien lujosas de tres chimeneas, seguramente para impresionar a los rioplatenses. Eran para la época no solo hermosas e impresionantes sino lujosas naves que el famoso armador argentino-croata había hecho construir con gran visión en 1918. Salían de Montevideo alternándose a las 22 horas y llegaban a la capital argentina a las 7 pero antes uno ya estaba vestido para el desembarco y acodado en la baranda comenzaba a descubrir el impresionante perfil edilicio del Gran Buenos Aires con sus altos edificios realmente impactantes, aquella primera vista auguraba cuánto veríamos mas tarde. Han pasado los años y aun recordamos el bullicio de aquel Buenos Aires céntrico con veredas tapadas de gente, tiendas repletas de clientes, un mar de luminosos y marquesinas de los comercios deslumbraba y millares de autos cuyos claxon y bocinas aturdían a quienes como nosotros veníamos de una ciudad donde los bocinazos estaban prohibidos o por lo menos medidos a la eventualidad de un accidente. Por la noche, parecía que había más gente que de día por los teatros, parecía una ciudad que no dormía porque después de los teatros la gente iba a cenar.

Este es el recuerdo que tengo de aquella primera visita a Buenos Aires, las siguientes serían más de lo mismo, hasta que comenzaron las crisis. Pero Buenos Aires siempre nos parecerá la gran capital del mundo donde se come como en el norte de España. La gran adición de los porteños eran los teatros y el cine en ese orden. A Buenos Aires iban todos los grandes espectáculos del mundo, los más acreditados teatros universales. Terminada la temporada se trasladaban a Montevideo y lo hacían a bordo de los vapores de la carrera. Así que frecuentemente o casi semanalmente estas naves traían artistas porteños y también los grupos teatrales y musicales internacionales para nuestra ciudad. Pero volvamos a los barcos. No solamente los "Ciudad de Montevideo" y "Ciudad de Buenos Aires" atendían el servicio fluvial entre ambas capitales, sino que en verano, para satisfacer la demanda, la compañía Mihanovich agregaba una serie de barcos extras, por ciertos mas antiguos y menos cómodos que los Ciudad y se activaban también los famosos barcos tipo “general” propulsados a paletas laterales. En ellos miles de porteños se volcaban hacia Montevideo y de tanto en tanto hacían un viaje a Pirlápolis. A los porteños les gustaban nuestras céntricas playas, Ramírez, Pocitos, Malvín y Carrasco. También nuestro agradable clima con su famosa “varazón” de las 6 de la tarde que infaliblemente descargaba una suave y fresca brisa que traía alivio tras una soleada y pesada tarde.

En aquellos años, había muchos porteños con familia en Montevideo y creo que la mayoría de los actores y actrices argentinas tenían casa propia en lugares próximos a la costa. A ellos les gustaba Montevideo por ser una ciudad tranquila, su arboleda, una ciudad de siesta, de edificación netamente europea, chica pero hermosa, apropiada para descansar.

Aún Punta del Este no estaba en la cartelera. Litman recién comenzaba su promoción del balneario aunque había cierta demanda por aquellos tiempos por ir a Piriápolis así que de tanto en tanto alguno de los “ciudad” iba directo de Buenos Aires a ese balneario. Para satisfacer la enorme demanda, la empresa ponía además en servicio tres o cuatro barcos más antiguos, pequeños y más lentos y no faltaban cuando las circunstancias lo exigían los barcos “General ” que eran dos, ambos a paletas laterales.

Cuando se construyeron los dos “Ciudad” eran considerados dos pequeños “Queen Mary”, nada menos que con tres chimeneas, que asombraron a las sociedades hermanas platenses. Tenían 105 metros de eslora y 13 metros de manga. Dos helices y quemaban petróleo. Pertenecían a la Cia. Argentina de Navegación Nicolás Mihanovich Ltd. El Ciudad de Montevideo tenía bandera uruguaya.

Estaban capacitados para transportar 494 pasajeros en primera clase y 268 en segunda y capacidad para cargar 500 toneladas. Las cabinas de lujo estaban en la primera clase y terminadas en los estilos de Luis XVI, Reina Ana, y Georgeano. Eran los mejores barcos del mundo en su tipo.

El “Ciudad de Buenos Aires” se hundió en el río de la Plata en 1957 chocado por el carguero norteamericano “Mormacsurf” y el “Ciudad de Montevideo” fue retirado del servicio en 1962 y desguazado en Buenos Aires. Por esa fecha, llegaron otro flamante “Ciudad de Buenos Aires” y su gemelo el “33 Orientales”, se fueron y vinieron otros barcos pero el punto de inflexión en el transporte fluvial vendría con la innovación y el aporte de Juan Carlos Lopez Mena, que lo revolucionó y cambió todo para confort de los viajeros entre ambas orillas.

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