MARÍTIMAS

El apóstol San Pablo: fue náufrago y recordamos a todos

No fue sino hasta hace algunos años de este siglo pasado, con la sanción de leyes que prohibieron sobrecargar los barcos, cuando se pudo reducir bastante la cantidad de siniestros.

El apóstol San Pablo: fue náufrago y recordamos a todos
Foto: Marítimas.

Ese veterano víctima de varios naufragios marítimos que fue el mismísimo apóstol San Pablo, no se habría realmente sorprendido de oír los terribles riesgos que fueron forzados a sufrir los marinos durante todas las épocas hasta tiempos relativamente modernos, y es que el propio San Pablo fue veterano y náufrago de tres siniestros marítimos, según cuenta la historia.

Hoy día cualquiera de nosotros podría sentirse muy desafortunado de sufrir un siniestro marítimo aun contando con toda la formidable tecnología que tenemos a nuestra disposición. Pero por siglos, después de aquellos siniestros que cuenta San Pablo ocurridos frecuentemente en la zona del Levante (Medio Oriente), el riesgo de naufragar fue permanente a través de los tiempos, y hasta no hace mucho como dijimos, excepto en los períodos de guerras.

No fue sino hasta hace algunos años de este siglo pasado, con la sanción de leyes que prohibieron sobrecargar los barcos, cuando se pudo reducir bastante la cantidad de siniestros, lo cual nos hace pensar que por aquellos años seguramente el constante y alto riesgo de transportar cargas por mar fue la verdadera razón de la fundación de la compañía de seguros del Lloyd’s.

También creemos que lo endeble de sus embarcaciones y la falta de tecnología, los erróneos cálculos y la carencia de instrumentos de navegación o, si los había, su imprecisión, condujeron a no pocos siniestros aun a la vista de las costas. Pérdida de la hélice, rotura de timón, falta de potencia en la máquinas frente a los temporales, poca profundidad como en el Río de la Plata, vientos y mareas, han provocado grandes siniestros que echaron los barcos sobre las costas uruguayas como lo marca nuestra historia.

Vale la pena recordar que a mediados del siglo pasado los barcos hundidos por sobrecarga y sobreasegurados fueron tantos, alrededor de 120 siniestros anuales, que el parlamento británico se vió forzado a actuar en defensa de los marinos. Hubo un tiempo donde se perdía un barco y medio por día. Según estudios del investigador Richard Larn, entre 1833 y 1835 se hundieron o desaparecieron 1.703 navíos.

Sin duda el elemento humano hace que los desastres marítimos atraigan la atención de los que, con seguridad, vivimos en tierra, porque son dramas humanos desgarrantes, en medio de olas o contra las costas que terminan siendo tragados por el mar. Un ejemplo de ello fue el “Titanic”, el “Lusitania” luego el ferry “Stenna”, y más recientemente varios otros ferrys en Asia y lamentablemente en muchos otros lugares del mundo.

Nosotros mismos los hemos tenido en nuestras aguas como el pesquero “Isla de Flores” y la lancha de la Armada Nacional al mando del Tte. Machitelli que salió en su búsqueda; más recientemente el pesquero “Dartesa” en 1909, el vapor de la carrera “Columbia”, luego el “Ciudad de Buenos Aires”, después el “General Alvear”, el “Oswestry Grange” y otros barcos pesqueros, lamentablemente no pocos.

Pero la verdadera razón por la que también atraen los siniestros marítimos cuyas historias luego con el paso del tiemplo se convierten en leyendas, con verdades y fantasías sobre sus cargas y el propio valor del barco hundido son los valores involucrados, por lo general millones y millones: tesoros hundidos, oro, especies, cañones, plata u objetos más mundanos pero igualmente valiosos, como por ejemplo los accesorios de bronce del barco y hasta las balas de cañón de antiguas naves.

Pero nosotros sentimos gran pena por los ahogados. Y mucho más fuimos sensibilizados cuando, en una visita que hicimos a Vigo en España, tomamos contacto con marinos de barcos pesqueros sobrevivientes de siniestros y oímos sus dramáticos relatos que involucraban muchas pérdidas y nos conmovieron. Desde entonces sentimos especial simpatía y solidaridad con esos hombres pesqueros que cada día salen a la mar a disputarle sus presas.

En el mejor de los casos es una vida muy dura. Hace algún tiempo leímos en columnas internacionales especializadas que dos conocidos escritores británicos sobre temas marítimos como Richard y Bridget Larn, escribieron un atractivo y curioso libro, muy costoso, sobre siniestros marítimos circunscriptos a las islas británicas. Es un formidable compendio donde aparecen registrados por lo menos 100 mil siniestros ocurridos alrededor de las islas británicas desde el año 874, con toda la información de cada uno y causas de su hundimiento.

Ante esta cantidad, si sólo alrededor de las islas británicas ocurrieron tantos siniestros marítimos, nos preguntamos cuántos se pueden anotar en todos los mares del mundo en el mismo tiempo. Y en nuestro caso nos gustaría saber si todos fueron errores humanos o “actos de Dios”. Pero si lo quieren saber, no “creemos en los actos de Dios” porque Dios no es muerte, Dios es vida, no se entretiene provocando hundimientos. Es lo de siempre, errores humanos. El mar tiene sus reglas y sus leyes y hay que respetarlas.

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