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Historia de árboles, teléfonos y celulosa

Uruguay dio un gran salto de la forestación a la industria celulósica en menos de 40 años

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Puerto de Montevideo

Para ser precisos este próximo mes de julio hará 29 años que escribimos la primera nota, de una serie de 700, sobre los recursos forestales que fue verdaderamente insólita, sorprendente: la primera exportación de troncos de eucaliptos para Finlandia en el barco “Searider”. Esa nota llamó la atención y reforzó públicamente un proyecto forestal que venía de años atrás expresándose con algún entusiasmo. Por los años 60’ surgió un proyecto estatal para impulsar la forestación; estaban implícitos los beneficios para quienes forestaran pero aún así la gente vacilaba. La primitiva idea era plantar árboles para asegurar el presente de nuestros nietos y eso comenzó a funcionar. Y vinieron los primeros audaces que invirtieron con fe. Por los años 80’ conocimos a mucha gente que se lanzó a la forestación. Eran tierras pobres y baratas; la acción fue apoyada por leyes forestales y en 1988 generaron el primer embarque de eucaliptos. Luego vinieron otras leyes forestales más ajustadas de Sanguinetti y en los 90’ otras de Lacalle. Ya el boom de la madera estaba más claro y firme. Pero aquel embarque de troncos de 1988 tuvo su origen o fue el resultado de la primera ley forestal de 1968, la cual generó un marcado interés en ciertos ámbitos financieros y de ahorro local, como también en industriales e inversores del exterior. Seguramente el apoyo económico o las exoneraciones fueron un fuerte estímulo. Pero la forestación ya estaba aunque tímidamente en nuestro ADN. Por esos primeros años forestó mucha gente, incluso recordamos que lo hizo la Caja Notarial y la Caja Bancaria y otras organizaciones comerciales o asociaciones rurales en los departamentos de Rivera, Tacuarembó, Florida, Lavalleja y en el Litoral, tras lo cual vinieron miles de embarques de troncos de eucaliptos y más tarde se comenzó con los chips.

Por los años 80’ tuvimos buenas noticias en este accionar maderero que conocemos en sus detalles, y las nuevas y buenas esperanzas que trajo desde España en un marco de total discreción Don Fernando Nicolás, un hombre de Ence/Eufores. Vino con proyectos que por entonces nos parecían que tenían más que ver con lo insólito que con la realidad, en un país donde el árbol era buena sombra o astillas para un asado. Eran sueños y también proyectos muy fuertes, pero él fue quien nos abrió a los misterios de este movimiento de la madera alentando esperanzas en los uruguayos. De alguna manera abrió los surcos en el Uruguay de la concepción de las bondades del tema maderero y la forestación influyó con su empuje.

No obstante estos apuntes, Don Fernando, un señor en todo el sentido de la palabra, fue quien nos adelantó con su sabiduría que estábamos en el camino de la industrialización de la celulosa y así fue. Desde 1988 habíamos exportado más de 6 millones de toneladas de troncos de eucaliptos y la madera uruguaya era conocida en 32 países. Después que se instaló Ence-Eufores y levantó un enorme planta para producir chips, construyó su puerto en Fray Bentos reintensificaron los embarques para Huelva y allí se produjo otro fuerte empuje para la forestación.

Vale la pena recordar que por los años 70’ y 80’ ya estaban presentes el espíritu forestador y los inteligentes pioneros que trabajaban con semillas de avanzada y con ideas, lo que fue interpretado por el gobierno de aquellos años como una simiente que podría germinar con fuerza, y de ahí surgieron apoyos oficiales o ministeriales, que quizá fuera más a la forestación que a la exportación de madera, aunque es posible que estuvieran implícitas ambas como objetivos. Aquello parecía una apuesta al futuro, una inversión para los nietos o, en todo caso, para vnuestra jubilación, como se lo veía en aquellos años. Eran los años 70’, eramos entonces niños en este tema específico que tenía más de ideal escolar que de negocios y no nos imaginábamos el futuro de la madera. Pero ya eran muchos los que veían el futuro de la celulosa.



TELÉFONOS. Y aquí viene lo anecdótico de todo este tema. A fines de los 80’, el gobierno decide modernizar el viejo y obsoleto sistema telefónico con el que ningún uruguayo podía comunicarse desde hacía 30 años antes y con el que los ciudadanos terminábamos a los porrazos contra la orquilla para obtener, infructuosamente, la señal de libre y con los nervios destrozados. “No hay bornes” era la tradicional disculpa por toda respuesta. Eran tiempos en que debía hablarse con un político muy importante o conseguirse una buena recomendación para obtenerlo. Pero igualmente no era fácil lograr comunicación. Así que el gobierno de aquel tiempo, creemos que fue por los años 70’, concede a la compañía telefónica sueca Ericsson un contrato para instalar una nueva red telefónica en el Uruguay. Curiosamente en el acuerdo y posterior compromiso se instalan claúsulas que obligan a esta empresa telefónica sueca a colocar productos uruguayos forestales por un monto de 87 millones de dólares, y otros en los mercados del mundo por igual monto. Es por ello que se crea un instrumento de comercio exterior que es la trader Comurex. Y al poco tiempo se comienza a colocar madera en Suecia que representaba más o menos el 10% de aquel monto, y que luego fue una corriente en constante crecimiento. Pero también aquel acuerdo comenzó a funcionar por todos los mercados del mundo y sin duda se llegó a la cifra apetecida. Esto es solo una anécdota que vincula modestamente a los teléfonos Ericsson con la madera, porque su verdadera historia la hicieron los uruguayos inversores que creyeron en su futuro y apostaron a ella.

Más allá de la anécdota, hay que reconocer sin duda que la madera y la forestación forman parte de la educación del pueblo uruguayo que viene desde hace por lo menos un siglo. Como escolares recordamos a nuestras maestras estimulándonos a plantar árboles y a amarlos como parte del ser humano.

Y los siguientes comienzos, en los tiempos contemporáneos, fueron ciertamente los menos riesgosos ya que las peores tierras fueron dedicadas a la forestación, y así ocurrió que los campos menos aptos para desarrollar algo, las tierras más baratas, de 200 y 300 dólares la hectárea, e impulsada por la ayuda estatal, comenzaron a valorizarse y así fue que la hectárea subió a 900 dólares, o sea que el apoyo económico fue absorbido por el valor de la tierra.

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