MARÍTIMAS

Los miradores de moda hace 150 años

Hace muchos años, diríamos muchísimos, llegó a nuestras manos una foto de notable calidad tomada con placa de vidrio.

Foto antigua de Ciudad Vieja y el Puerto de Montevideo. Foto: Archivo El País
Foto antigua de Ciudad Vieja y el Puerto de Montevideo. Foto: Archivo El País

Imagen que muestra un amplio sector de azoteas de señoriales viviendas de la Ciudad Vieja, apreciándose lo que seguramente habría sido el objetivo del fotógrafo y que descubriríamos más tarde nosotros: sus elegantes miradores, que sin duda estaban de moda como entretenimiento pero también eran funcionales. Sí señor, los miradores en las azoteas eran de rigor en una ciudad portuaria de 70 mil habitantes afincados alrededor de la bahía y de los barcos con los que todos estaban comprometidos directa o indirectamente, sea por el esperado como el inesperado arribo de los deseados y en otras ocasiones por alguna indeseada fragata que se aventuraba en la negrura de la noche a penetrar en la bahía para sorprender a los habitantes que moraban a pocas cuadras del agua: los había amigos y enemigos, mercantes y militares, reconocidos y desconocidos, los contrabandistas y los barcos negreros que también los había.

Largavistas.

Pero sin duda los miradores, algunos de lujosa construcción y elevados, no eran más que entretenimientos de las familias montevideanas, aunque no seamos tan inocentes, porque se nos ocurre pensar que muchas de estas muy buenas viviendas pertenecían a conocidos comerciantes de plaza, introductores de mercaderías extranjeras y también a los otros, a los de la magna tradición de los matuteros. Y la única forma de saber si el barco que las traían había llegado, era buscarlo con el catalejo recorriendo el horizonte esteño hasta verlo entrar a la bahía, una operación de navegación complicada para aquellos veleros. A mediados del siglo XIX ya había barcos a vapor que tragaban tanto carbón y agua para su caldera como carga podían transportar con alguna forma de comunicacion. Así que si el barco no era sorprendido por alguna tormenta severa en Brasil, podía saberse más o menos el día de su arribo a Montevideo y todos estaban preparados para vivir esos tiempos de dificultades y riesgos pero tambien de confort. Pero el progreso y el cambio venían muy lentamente: aparecieron los barcos a vela y a vapor, después con más motor que vela, y así unos y otros convivieron muchos años, pues los nuevos eran muy caros de construir. Así que el mirador era fundamental para estos introductores de mercadería que fueron los antecesores de los Carrau y los Taranco, los Caulin, ya que para ellos a bordo de los barcos venía de todo, desde carbón hasta arroz de Valencia, vino Carlón, tabaco, fariña y pianos de España, Francia y Alemania, la ropa que venía de Europa, hasta los vestidos de novia. Todos deseaban saber qué barco había entrado o estaba entrando, y también lo quería saber el Resguardo de la Prefectura y la propia Aduana por el tema de poner todo dentro de los límites legales y atender también la llegada de los inmigrantes. Casas con mirador las había y algunas eran de personajes públicos y famosos. Por ejemplo, la de Rivera en Rincón y Misiones dispone de mirador; había pertenecido a Cristóbal Salvañach, comerciante de Montevideo. Este se distinguió durante las Invasiones Inglesas. Fue miembro del Cabildo. Murió, según los relatos de la época, en un "oscuro rincón de África", seguramente durante un viaje para comprar esclavos.

A su muerte heredaron la propiedad Celedonia Wich de Salvañach y sus hijos José Pedro, Cristóbal, Carlos y Carmen. Doña Celedonia fue asesinada por sus esclavas en el año 1821.

Los herederos de la sucesión Salvañach vendieron la residencia a Fructuoso Rivera el 16 de noviembre de 1834.

La casa de Lavalleja, en Zabala y 25 de Mayo, si no nos equivocamos también con mirador, le había pertenecido a Cipriano de Mello, ciudadano portugués; la casa de los Ximénez hoy sede de la Liga Marítima, en 25 de Agosto 580, fue de un reconocido comerciante español que se hizo construir esa enorme casa a orillas de la bahía, próximo al muelle viejo y casi pegado a las bóvedas, que también tenía un hermoso mirador. Otro famoso fue la Torre de los Panoramas próximo al Teatro Solís, un conocido cenáculo de intelectuales con un enorme mirador más expuesto mirando a la costa esteña. Digamos que casi todas las azoteas tenían mirador, aunque todas diferentes en tamaño y terminaciones. Más allá de los motivos que para algunos justificaran los miradores, era obvio el deslumbrante atractivo que para el ojo humano representaba todo aquel desconocido y novedoso acontecer portuario: si lo es hoy con muchísima más razón debió ser hace 150 años una imagen de la bahía con más de 70 barcos fondeados realizando operaciones harto peligrosas. Era sin dudas una imagen apasionante, pasmosa, como podría ser hoy mismo. Y lo era en días claros y apacibles y también en jornadas ventosas, lluviosas con pamperos del sur y altas olas. Un largavista tenía definición hasta para reconocer la vestimenta de los marineros de cada barco. Un potente catalejo podía ver el barco desplegando todas sus velas desde el horizonte esteño navegando hacia la bahía. Era sin dudas un tremendo entretenimiento para los montevideanos observar el panorama marítimo desde los miradores.

¿Qué otro pasatiempo además del teatro disponían los montevideanos en aquellos estables, arreglados, primaverales o veraniegos días cuando no había acceso a las playas ni estaban de moda o eran peligrosas, si no munirse de un largavista y lanzarse a la azotea para ver qué pasaba alrededor de Montevideo? Hoy desde cualquier edificio alto de la Ciudad Vieja se pueden ver todavía en dirección al puerto o a la rambla, viejas casas aún con mirador, pero ya no son ni sombra de lo que fueron en el pasado.

La foto que publicamos muestra cientos de casas casi todas ellas con mirador, era lo habitual en la época. En cuanto a los barcos, se ven fondeados numerosos, alrededor de 50, de tres palos a vela y unos pocos a vapor, incluso se ve uno de la Carrera con paletas laterales. Cabe sospechar que había en el puerto una intensa actividad de múltiples operaciones con los barcos, provisiones, las cargas, pasajeros, inmigrantes, exportación, importación, y las lanchas que conectaban los barcos con tierra.

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